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Wednesday, September 14, 2011

Metropol Parasol

Canon 1Ds Mark III y Canon TS-E 17mm, trípode, HDR de seis exposiciones.
He de confesar que basta que la Sevilla rancia la tome con cualquier cosa para que ya, a priori, simpatice con lo que quiera que sea. Pasó en su día con la "olla express" (Teatro de la Maestranza), pasó y pasa con el carril bici y las peatonalizaciones, pasó con "las setas" y está pasando ahora con la torre Pelli, a la que ignoro si el gracejo de Antonio Burgos o de algún otro gurú de la carcundia local habrá puesto ya algún apodo lo suficientemente castizo, hiriente y, por supuesto, con to el arte der mundo. Comprendo que se trata de una reacción excesiva, que cada caso es distinto, y que no todo enemigo de mi enemigo tiene por qué ser mi amigo, pero es que son tan espesos, tan cutres, tan estrechos de mente, tan fachas en su visión idílica de una Sevilla sahumada por el incienso de las sempiternas procesiones y alumbrada únicamente con farolas fernandinas, que no puedo evitar simpatizar con cualquier cosa que ellos detesten... En el caso del proyecto Metropol Parasol, las famosas "setas", aunque los planos me resultaron bastante extraños, la feroz oposición que le mostraron los carcas desde el primer momento me hizo pensar que algo bueno debía de tener. De manera irónica, conforme avanzaba la construcción más extraño me parecía el resultado, aunque siempre dije que había que esperar a que todo estuviera terminado para poder valorarlo. Ahora, tras varios meses desde la inauguración, tengo claro que Metropol Parasol me parece un enorme acierto arquitectónico y urbanístico, aunque, viendo la que está cayendo, es muy probable también que no pudiéramos permitirnos semejante lujo en una ciudad como Sevilla y, en cualquier caso, los responsables de que el presupuesto de la obra se disparara de la manera que lo hizo deberían pagar por el dispendio. Con esta salvedad, que no es baladí ni mucho menos, mi valoración del Metropol Parasol es muy positiva. La plaza de la Encarnación se ha convertido en un espacio moderno, con varias alturas, que dialoga constantemente con el entorno (incluso con el horrendo ensanche de la calle Laraña, que eso sí que tiene delito y además fue obra precisamente de los que ahora braman y perjuran), y que alberga un magnífico mercado, un delicioso mirador panorámico sobre la ciudad y, para colmo, un verdadero museo arqueológico. Si la obra me gustó (y sorprendió) desde que la vi terminada la primera vez, tiene además el efecto de gustarme más cada vez que voy. En fin, novelero que es uno.

Valga todo este preámbulo para presentar la galería sobre el Metropol Parasol que he abierto en mi web, en la sección de arquitectura. Creo que, para cualquier fotógrafo, este espacio es una verdadera mina. Las fotos presentadas en la web corresponden a tres visitas, la primera con mi nueva joya, la Fuji X100 (que merecería por sí sola otra entrada en el blog, si yo tuviera tiempo), la segunda con la Canon 5D Mark II y el 24 TS-E Mark II y la tercera con la 1Ds Mark III y el 17 TS-E. En el primer caso, las fotos han sido tratadas con el plug-in Topaz Adjust (que siempre ajusto en Photoshop mediante capas, al menos dos, una de fondo con la foto revelada de forma plana del archivo raw y otra encima con el efecto del plug-in, que tiene muchas opciones de personalización). El resultado es un falso HDR (porque procede de una sola exposición) que, en mi opinión, resulta atractivo para este sujeto fotográfico. Todas las fotos se hicieron a pulso, en un paseo informal sin demasiado tiempo para entretenerse. Esta es una de las tomas que más me gusta de esa sesión con la X100:
Fujifilm Finepix X100, tratada en PS con Topaz Adjust.



















El día que fui con la 5D2 y el 24 TS-E no me llevé el trípode (por pura pereza: vivo a 10 minutos andando), lo que resulta imperdonable para la fotografía arquitectónica seria (pero claro, lo malo es si el fotógrafo es serio)... Así que me dediqué a apoyar la cámara en el suelo, bancos y otras superficies lo bastante sólidas y, se supone, niveladas. De esta manera hice algunos horquillados de tres exposiciones para probar un HDR medianamente decente. Los resultados no son como con un trípode, pero casi (el suelo es firme! y uso el autodisparador para no tocar la cámara), aunque los ángulos son bajos y algo extraños (el efecto suele gustarme). Para el HDR uso el módulo de Photoshop CS5, y luego mapeo la imagen resultante mediante diversos métodos, incluido el Topaz Adjust que antes mencioné (da un microcontraste muy bueno, en mi opinión, y genera muy poco ruido si la imagen es un HDR verdadero). Ese día tuve un cielo totalmente despejado:
Canon 5D Mark II y Canon TS-E II 24mm, HDR de tres exposiciones, cámara apoyada en el suelo



















Finalmente, acudí al lugar con el trípode, la 1Ds (que permite un horquillado automático de hasta 7 tomas, perfecto para HDR de altos vuelos) y el 17 TS-E, que resulta muy apropiado para captar el enorme tamaño de la estructura del Metropol Parasol:
Canon 1Ds Mark III, Canon TS-E 17mm, trípode, HDR de seis exposiciones.






























Ese día hice tomas desde casi todos los ángulos y, además, me llevé el 300 y el 135, con los que realicé cientos de tomas que todavía tardaré, me temo, bastante en editar. Por cierto, todas las sesiones descritas se hicieron al mediodía, con un calor de justicia en Sevilla y a una hora que, en principio, no parece muy apropiada por la dureza de la luz. Sin embargo, el mediodía es el único momento en que la luz, casi cenital, penetra profundamente en los huecos cuadrados de los paneles, iluminándolos de una forma impresionante.
Canon 1Ds Mark III, Canon TS-E 17mm, trípode, HDR de seis exposiciones.
Canon 1Ds Mark III, Canon TS-E 17mm, trípode, HDR de seis exposiciones.
Espero que disfrutéis con las imágenes tanto como yo lo he hecho tomándolas y editándolas!

Friday, May 28, 2010

Érase una vez el Aljarafe...

Tengo en marcha un proyecto fotográfico llamado "Mi tierra". Se trata de un ensayo sobre la transformación de los paisajes agrarios y urbanos tradicionales en la comarca donde me crié, el Aljarafe sevillano. Carrión de los Céspedes, mi pueblo, forma parte del límite occidental de la comarca, lindando ya con el Condado de Huelva, una comarca de características culturales y paisajísticas muy similares: predominio de los cultivos de secano de la tríada mediterránea (trigo, vid y olivo), red de pueblos bastante tupida con muchos núcleos medianos o pequeños cercanos entre sí, y presencia muy significativa de la mediana y pequeña propiedad agraria. Es decir, una comarca agraria con una personalidad muy distinta de lo habitual en las campiñas de la Baja Andalucía, dominadas por el latifundio y con un poblamiento concentrado en núcleos muy grandes (agrociudades) y bastante más alejados entre sí de lo que ocurre en el Aljarafe.
Cuando yo era niño, los pueblos del Aljarafe, incluso aunque muchos de ellos no contaran con un patrimonio monumental de importancia, como ocurría con Carrión, conservaban intacta la arquitectura popular de casas encaladas y de tejas árabes, hasta el punto de que, según parece (aunque este extremo no lo he podido corroborar), Carrión aparecía en los años 60 en la Guía Michelín como ejemplo de "pueblo blanco" andaluz, lo mismo que hoy se dice, salvando las distancias, de Arcos de la Frontera o de Grazalema. Estos núcleos rurales más o menos pintorescos estaban separados (o unidos, según se vea) por extensiones de "tierra calma" donde se plantaba sobre todo cereal, y por olivares y viñas, además de algunas huertas cercanas a los pueblos y de algunas manchas de dehesas, no muy extensas pero formidables, como las de Lerena o Espechilla, que fueron testigos de nuestras exploraciones infantiles y de algún que otro encuentro fortuito con ganado bravío o que a nosotros nos pareció bravío...

La orografía de la zona, con abundancia de suaves colinas de origen fluvial, propiciaba la formación de numerosos rincones verdaderamente bucólicos, con ejemplos deliciosos de paisajes mediterráneos humanizados: paisajes amables, en absoluto agrestes, domados desde hace siglos por la acción humana, y que podían ser transitados sin mayores riesgos ni problemas.
Con el tránsito del siglo XX al XXI, sin embargo, el crecimiento urbano de Sevilla cruzó el río y empezó a devorar los pueblos más orientales del Aljarafe (Castilleja de la Cuesta, Camas, San Juan de Aznalfarache, Tomares, Bormujos, Gines...), que pasaron a convertirse en ciudades dormitorio de la corona metropolitana hispalense.
En los últimos años, el "pelotazo" de la construcción generó un crecimiento urbanístico desmesurado y sin control alguno en el Aljarafe, donde pocas localidades se salvaron de que los ayuntamientos actuaran con la más absoluta irresponsabilidad, concediendo licencias de construcción a troche y moche, sin la más mínima planificación ni coordinación. De esta manera, haciendo cada ayuntamiento de su capa un sayo, los promotores urbanísticos fueron alicatando hasta el techo prácticamente todo el suelo disponible, extendiéndose en forma de metástasis un poblamiento monstruoso, lleno de casitas y chalecitos adosados o pareados, que ha sepultado los pueblos del Aljarafe, sobre todo cuanto más cerca de la capital se encuentren.

En mis fotos he procurado plasmar lo que queda aún del Aljarafe que yo conocí (fundamentalmente, desde Sanlúcar la Mayor hacia el oeste) frente a la realidad delirante y fantasmagórica de los adosados. Cuando escribo estas líneas, la crisis económica ha barrido de un plumazo el sueño del "pogreso" (como llamaba más de un alcalde al pelotazo urbanístico) y los ayuntamientos aljarafeños, muchos de ellos endeudados hasta las cejas, y no pocos con indicios claros de corrupción de los ediles, se enfrentan al problema irresoluble del mantenimiento de un tipo de poblamiento ajeno a la tradición mediterránea, y que supone un derroche estúpido de suelo y de recursos. No se trata solo de la destrucción de los paisajes agrarios y urbanos tradicionales: la nueva realidad, ese dédalo inextricable de carreteras, cruces y rotondas, resulta sencillamente insostenible, ya que este poblamiento disperso es un círculo vicioso en el que el tráfico privado es a la vez la única solución y el mayor de los problemas.

Friday, May 21, 2010

I hate Paris

En realidad, me gusta la canción de Cole Porter, pero no la ciudad. Mucha gente se lleva las manos a la cabeza cuando les digo que no me gusta París. La capital francesa está fírmemente arraigada en el imaginario colectivo como una de las ciudades más hermosas del mundo, y causa mucha extrañeza la disensión. Pues mire usted, no, no me gusta París. Ni una mijita. Hablamos, naturalmente, del París monumental, de la ciudad diseñada por el barón Haussmann a mayor gloria de Napoleón III y de la razón de Estado. La antigua ciudad medieval fue arrasada y en su lugar apareció la ciudad burguesa en todo su esplendor imperialista y un punto hortera. Sí, me parecen horteras esos monumentos grandilocuentes, esa escala monstruosa pensada para empequeñecer a las personas y exaltar el poder. Las ciudades medievales, qué duda cabe, tenían serios problemas de salubridad, pero estaban hechas a escala humana. Con el París de Haussmann, la ciudad dejaba de estar a la medida del hombre y pasaba a convertirse toda ella en un monumento, en un parque temático sobre el poder del Estado (de un estado burgués autoritario, racista e imperialista, para más señas). En París los bulevares se pensaron para los desfiles militares, o para las cargas de caballería. Su anchura inhumana tenía como objetivo, entre otros, dificultar las barricadas de 1830 o de 1848. Y qué me dicen del ojo del huracán de todo este urbanismo, de ese horrendo Arco del Triunfo? Cómo puede la gente admirar semejante espanto, levantado para glorificar el militarismo y el chovinismo?